Consumo privado de drogas y actos afines – una discusión sobre la sancionabilidad

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Este artículo se inspira en un artículo de la Constitución Argentina y por separado, por la cantidad cada vez más creciente de países que han decididos de descriminalizar el consumo de marihuana.  Nos atenemos a un enfoque teorético-filosófico; e invitamos a considerar el tema con más profundidad.

Ya que la Argentina es uno de los países que hace poco ha permitido la posesión para el uso personal del estupefaciente arriba mencionada, consideramos su consumo como algo que cabalmente haya a insertar en esta discusión sobre actos privados .  Al mismo tiempo, será un ejemplo menos escabroso que algunos otros que nos ocurre, pero por filtros instalados en unas computadoras, limitarían la divulgación de este artículo.

Primero, se advierte al lector sobre tres cosas: cuando hablemos de marihuana, de hecho queremos incluir a cualquier otra droga – pero como hemos dicho, la mencionada recibe cada vez más sanción.  Sancionar tiene dos sentidos – dejemos al lector la determinación de a cual nos referimos, en cada caso.  Finalmente, al referirnos a la Constitución Argentina, es solamente a artículos del Capítulo Primero de la Primera Parte.

No citamos textualmente esta Carta Magna, por no ser claro si es protegido por los derechos de autor, especialmente a causa de su reforma en 1994.  Esperemos haber sido razonablemente fiel al texto original. Éste, de cualquier modo, es fácilmente encontrado en el Internet.

Comenzamos con Artículo 19 de la constitución mencionada, que dice que los actos hecho en privado y que no ofendiesen ni al orden público ni la moralidad se dejarán sólo al árbitro de Dios, y por lo tanto, no a las jueces de tribunales terrenos.  Nadie que viva en el país será obligado a hacer algo si no fuera estipulado por la ley, ni denegado en su derecho de actuar cuando ninguna ley prohibiera tal modo de obrar.

Según el modo de pensar de cada uno, se puede suponer que, aunque faltan palabras explicitas que lo digan, que tal situación exista en cada país razonablemente libre. Un problema de más envergadura será cuando un individuo queda atrapado en las fauces de la ley por causas casi incomprensibles.  Notamos en la legislación canadiense que cualquier persona encontrada en una casa de mala fama puede ser arrestada. [1]   (Será de tal reputación, aunque una sola habitación en un establecimiento que fuera por lo demás, eminentemente respetable.) Más notable aún es el hecho de que con cierta frecuencia uno lee que el norteamericano típico comete tres delitos graves por día, usualmente sin darse cuenta. [2]

Una segunda debilidad del texto de la constitución es que no contempla la situación de los turistas o otras personas que estén en el país brevemente.  Por más pedantesco que tal observación parezca, se basa en un comentario por un profesor de historia de él que este escribe: que las leyes se limitan a lo que dicen, – lo que podemos decir está de acuerdo con la constitución de marras, – y que, por lo tanto, uno no puede ser considerado punible por cualquier otra cosa. (Es una ironía que el utilizó este como un argumento en favor de una constitución no escrita, tal como fue la situación en Canadá en aquel momento, – aunque es posible que su enseñanza fue simplificada para sus alumnos del primer año de la escuela secundaria.)

La primera parte del mencionado artículo de la Constitución Argentina siempre nos hizo pensar que el documento no fue la obra de personas que practicasen la religión oficial del país, el Catolicismo Romano (Artículo 2).  Solamente en los últimos tiempos ha comenzado el trabajo de gradualmente lograr una separación entre en Estado y la Iglesia, y en aquel momento, es muy probablemente que ni siquiera hubiéremos dado  cuenta de lo que nos ocurre en la actualidad: que las palabras del Artículo 19 son una bofetada a la ortodoxia religiosa, por el hecho que permite cualquier vicio que no se considerase ilegal.  No es necesario saber cuáles estos vicios podrían ser.  Lo que sí, ahora tenemos un punto de enlace con la discusión sobre la posibilidad de permitir el uso personal de drogas en cualquier país en donde todavía no es permitido; o, si es permitido, quisiéramos ver hasta que punto será un acto privado. En la Argentina, la posesión de una cantidad de marihuana para consumo personal fue descriminalizada hace poco. Podemos comparar esta situación con aquella en la provincia canadiense donde ante vivía – Ontario. Ahí, el derecho de tomar una bebida alcohólica no extendía hasta el frente de su casa, y parece que todavía es el caso. [3]

Regresamos al tema de marihuana en un momento, después de terminar con nuestras consideraciones sobre el artículo 19.  Como dicho, no creemos que sea parte de un documento redactado por cristianos practicantes.  Puede haber sido el idea original de un deísta, o de un masón, ya que, hubiese sido contrario al Código Canónigo, – por lo menos, aquel de antes, – enterrar un masón en un lugar sagrado. (No obstante, el Libertador Argentino, un supuesto masón, está enterrado en el mismo catedral de Buenos Aires, que también sugiere cierta flexibilidad de las costumbres religiosas de este país. Alguien nos dijo una vez que la parte donde se encuentra la tumba no es parte de la iglesia – equivalente a decir que el dormitorio del presidente no es parte de su casa, diríamos. [¡Ojo! No dijimos que el Gral. José de San Martín tuvo participación en redactar la constitución.])

No obstante, podemos considerar esta parte de la Constitución de otra manera – desde lo que se llama “la intención del legislador”. No digamos que sepamos cual fue, pero si podríamos regresar al pasado, hay una remota posibilidad, – por poca que sea, – que sus autores respaldarán el autor de este ensayo.

Podemos argüir que los actos privados a que se refiere – por lo menos, en su mayoría, no deben ser considerados como tales. ¿Cómo es esto?

Imaginemos una fiesta privada.  Molesta.  Si alguien llama a la policía, ya no es privada, se ha convertido en un asunto público.

Aun si no llegase a fastidiar fuera del recinto de una propiedad privada, alguien, de alguna manera, podría transformarlo en un asunto público.  Ya hemos visto, como los canadienses no consideran la totalidad de su propiedad lo suficiente privada para una actividad tan inocente como tomar una cerveza aguada.

Regresamos a algo privado, suponiendo su legalidad.  Hemos leído hace poco que Hugh Hefner, fundador de Playboy, siempre se quedó en la legalidad, aunque las autoridades policiales no estuviesen de acuerdo. [4]    De hecho, legalidad no quiere decir mucho, ya que se dice que Hitler también hizo todo legalmente.  No obstante, la revista de Hefner fue prohibido en muchos países. También su imperio hizo películas.  Si no son del tono que conviene a una exhibición privado, podemos imaginar algo más fuerte – no es mi tarea dar sugerencias.  Lo que sí, en la exhibición en una sala privada, ¿van a acerrojar las puertas, para que no entren personas que no deben entrar, y obligar a todos los presentes a ser espectadores?  Si hubiese alguien disconforme, ¿le permitirían salir, o antes de la función, o en cualquier momento después? Si alguien de afuera se dio cuenta de lo que se estaba proyectando, suponiendo la legalidad de la película, ¿estará obligado a no decir nada a nadie sobre este evento interesante? Lo mismo podemos preguntar de la persona que decidió no ver el film.

¿Exactamente, en que momento podemos considerar una actividad como privado?

Podemos imaginar que una segunda persona en el lugar no estuviese tan de acuerdo con la actividad, propuesta casi a la fuerza, si no más agresivamente aún, por el primero en actuar en tal situación.  Así se entiende las denunciaciones hechas contra ciertos directores de Hollywood.  Ellos, seguramente, estaban de la opinión que sus actividades estaban privadas y legales, con todas las sanciones de las tradiciones de su ciudad cinematográfica.

Finalmente, para descartar por completo el concepto que hasta una sola persona sea capaz de hacer algo en privado, sugerimos que el descubrimiento del acto lo hace público – especialmente siendo que tal descubrimiento casi siempre es por alguien autorizado por el Estado.  Si no, todavía es posible que en algún momento, el Estado sepa del hecho por la denuncia o testimonio del testigo.

Basado en lo que hemos expuesto, llegamos a nuestras consideraciones finales sobre drogas.  Mencionamos la marihuana como aquella que más interesa a la mayoría, la cual quizás sea seguido en popularidad por la cocaína. Si una de estas se legalizase lentamente, no hay motivo para pensar que no podría pasar los mismo con la otra, y sucesivamente con otros sustancias de uso recreativo.

Imaginemos que un país, un estado, una provincia o una ciudad decide legalizar o descriminalizar el consumo privado de marihuana.

Alguien decide disfrutar del cigarrillo y legalizado, – especialmente en vista de que la propaganda insiste en considerar aquellos de tabaco como un objeto tabú.  El humo llega a la nariz de otro, y la persona afectada no está de acuerdo, por lo menos, en su fuero interno.  Sugiere el traspaso del humo y los gases de una persona a otro, que el consumo no fue limitado al poseedor de estupefaciente.

Peor es el caso cuando el humo sea tan fuerte que penetre la ropa de otro, con el resultado que la segunda persona sea tildada de consumidor, con daño potencial a su reputación.  Una vez hubo (si ya no) una máquina en un aeropuerto británico tan capaz de detectar la presencia de unas moléculas residuales sobre la ropa de una persona, que tuvieron que dejar de usar el aparato por el exceso de positivos falsos.  No obstante, un empleo estrictamente personal de la marihuana o cocaína, – si tal cosa es posible, – evitará inconvenientes para los otros.  Quisimos decir “terceros”, pero estamos hablando de problemas para la persona entre estos, y la primera, ¿no?

Después de nuestras propias deliberaciones sobre el tema, encontramos una por un profesor con tendencias libertarias, Walter E. Block.  Traducido, le preguntaron si los olores fétidos o los pólenes fuesen una violación de los derechos de la propiedad. [5]     Él contesto que depende de quien estuviese el primero en el lugar.  Lo vemos poco satisfactoria  tanto la pregunta como la respuesta: no consideramos el que el olor merezca tal calificación por una parte, y por la otra, al contestar, el profesor no prestó atención al hecho de que ambas personas pueden estar en sus propiedades, y que no existen leyes que prohibiesen el traspaso de un hogar a otro de un resultante olor objetable tal como algunos consideren el cocinar de repollo.  ¡Eso sí es un acto privado!

El mundo de hoy es panóptica, por lo tanto, a pesar de lo que hemos dicho sobre olores culinarios, no hay actos privados.  Por lo tanto, si tal acto, considerado como permisible en algún mundo utópico del pasado, con la tecnología del presente, podría poner al descubierto, aunque a un público muy limitado, un delito mayor.  En tal caso, el Estado podría decidir sancionar (castigar) el hecho, en lugar de permitir la sanción (aprobación) que una constitución cualquiera explícitamente o implícitamente concediese.

24 de junio de 2019

© 2019, Paul Karl Moeller.

Notas

[1] Un artículo con sentido de humor fue el único con un término que buscábamos, quizás limitado a los canadienses.  La persona encontrada en tal lugar se llama un “found-in”, literalmente “un (sujeto) encontrado adentro”. Katherine Barber, “Only in Canada: Found in a Bawdy House”, September 27, 2015, https://katherinebarber.blogspot.com/2015/09/only-in-canada-found-in-bawdy-house.html, access: 23 de junio de 2019.  En el Código Procesal Canadiense, es el punto 2b de la sección 210 aquí accesible: https://laws-lois.justice.gc.ca/eng/acts/c-46/section-210.html. Vale la pena destacar que las palabras del texto del código no tienen el rigor que los medios atribuyen al mismo – por ejemplo, no visible salvo por el texto en el artículo de K. Barber es un chiste, “¡Pero oficial, sólo entré para pedir direcciones!” Bajo lo que vemos como una interpretación correcta de la constitución argentina, y Artículo 2b, que permite una excusa o justificación legítima, debería ser posible pedir direcciones, o cierto tipos de ayuda, en tal lugar.

[2]  L. Gordon Crovitz, “You Commit 3 Felonies a Day”, Wall Street Journal, (updated) Sept. 27, 2009, https://www.wsj.com/articles/SB10001424052748704471504574438900830760842, acceso al 21 de junio de 2019.

[3]  Frances Woolley, “What’s Wrong with Drinking in Public”, Worthwhile Canadian Initiative, Jan. 30, 2013, https://worthwhile.typepad.com/worthwhile_canadian_initi/2013/01/whats-wrong-with-drinking-in-public.html, acceso 3l 21 de junio de 2019.  El tema de la prohibiciòn de beber cerveza figura prominentamente en las crìticas de G. K. Chesterton en contra el gobierno britànico en las páginas de La superstición del divorcio y la eugenesia y otros males (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1966), traducción de dos libros distintos, “The Superstition of Divorce” (1920) y “Eugenics and Other Evils” (1922). El autor muestra la hipocresía del gobierno de Londres en criminalizar su consumo, mientras no hubiese definido los placeres legales (p. 324), entre otros comentarios irónicos por todo el libro.

[4]   Borovoi, I.,  El rey de la inmoralidad. Buenos Aires. Editorial Lihuel, 1982, traducción de Король безнравственности, (Автор: Боровой Яков; Издательство: Москва: Политиздат, 1981 г.) por Nora Wugman. Vea pàgina 34, primera lìnea de la secciòn ‘Algo sobre las “Amiguitas del mes”‘.  También, pero con menos validez, podemos referir al lector a la página 57, donde vemos que Hefner ganó batallas judiciales en contra la Oficina Central de Correos, la Policia de Chicago, y (página 58) el fiscal de la ciudad de Atlanta.

[5]   “Subject: Are Foul Smells or Pollens a Violation of Property Rights?

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