¿Título inútil, estudios inservibles?

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Las noticias de la península ibérica, por la Agencia Europa Press, nos informó, bajo la firma de Marcos Brindicci para la agencia Reuters, y con lugar y fecha como Buenos Aires, 7 de noviembre, que un ex-gobernador de la provincia más grande de su país, del cual también fue candidato presidencial, fue acusado de fraude y encubrimiento en conseguir su título universitario.

Si bien por las particularidades del caso, es algo que interesaría más a los argentinos, y en menor grado, a aquellos en los países del Cono Sur, – y de hecho, vemos que medios tales como El País del Uruguay le informan a sus lectores – hay dos cosas que el artículo a su vista quisiera destacar: lo relativamente ridículo del asunto, y un corolario – que en el camino hacia la fama y la fortuna, podría ser mejor concentrarse en conseguir éste, mas obtener aquella por consecuencia.  Esta lección vale en cualquier lugar del mundo.

Lo ridículo

¿Un delito en contra el medioambiente?

Fue denunciado un hombre que en otro tiempo tuvo fama como deportista, Daniel Scioli, por las condiciones bajo el cual él recibió su título de la Universidad Argentina de la Empresa, o simplemente UADE.  El denunciante fue o la Fundación por la Paz y el Cambio Climático,  o él quien la maneja.  Según lo que se cuenta, es la segunda vez que dicha institución hizo su descarga contra el Sr. Scioli.  La primera fue descartada por la justicia.

Cabe destacar, que según el diario argentino La Nación, el dueño de la fundación ha hecho varias denuncias en el pasado, pero no vemos relación alguna con paz y cambio climático y los casos que se debían investigar.

La media docena de artículos que juntábamos, no ha mostrado denuncias por ninguna violación de la paz, y lo mismo vale para el cambio climático.  Queda poco claro si el objetivo de este ONG es cambiar el clima, o luchar contra el cambio – pero esto es harina de otro costal.  ¡Y parece que compite con la ONU! O con el argentino, ganador de un Premio Nobel de Paz, Perez Ezquivel, con la organización Servicio Paz y Justicia, con la cual fue asociado. ¡Zapatero, a tus zapatos!

El que este escribe no conoce al Sr. Scioli.  Por lo que hemos leído, no me parece mal, aunque para juzgar, obviamente debemos ser, como mínimo, habitantes del país del cual hablamos.  Una señora argentina que recién viajó al exterior y con quien hablábamos, tuvo otra opinión, pero lo que dice una sola persona no sirve para formar un juicio.  Nuestro prejuicio favorable podría haber sido por el lado del deporte que practicaba, aunque nos parezca que tenga otras virtudes, que no tienen nada que ver con nuestro argumento.  Dejaremos al lector adivinar por que, al leer la revista argentina Gente, (la cual comprábamos en Toronto hace muchos años), otro deportista que iba a ser gobernador, Carlos Reutemann, suscitaba nuestra curiosidad.  Pero al escribir nuestros artículos, nos esmeramos en no hablar mal de nadie, y si la fundación que mencionamos se ofendería, no debería considerar nuestra opinión como más que el querer saber el nexo entre su aparente misión, y sus actividades reveladas.  Jugamos con palabras, no con la reputación de las personas reales o jurídicas. Luchar en contra la corrupción es bueno.  Solamente nos parece, que es una tormenta en un vaso de agua.  Parece que de esta manera la tratan los medios sólo un día después, al considerar la rapidez con que más detalles sobre el tema desaparecieron.

Pero al final, especialmente si hubiere sentencia en contra del Sr. Scioli, diríamos que su afán de conseguir el título no fue una necesidad.  Y el argumento a presentar es el quid de lo que queremos decir, – el éxito no se rige por tales cosas (aunque él que este escribe reconoce que su padre siempre afirmaba lo contrario).

El título no (siempre) hace falta

Primero, vamos a terminar con los comentarios sobre el caso Scioli, y después consideramos las aplicaciones al mundo de otros individuos.

He leído, por lo menos en parte, las constituciones de varios países.  Así se puede determinar, – siempre suponiendo que el texto de la Magna Carta corresponde con la realidad, – si uno quisiera vivir en un país regido por tal documento.  A veces, es claro que el texto no vale mucho, cuando se agrega palabras como, “siempre que otra ley no estableciera lo contrario”.  Es una advertencia de la primera magnitud, que el texto no sirve para nada.

Bueno, las constituciones de las repúblicas tienen el hábito de decir que no reconocen “títulos”.  Si alguien llama “jefe”, a él que este escribe, contestaría, “No soy jefe, y no quiere serlo”.  ¿Suponen aquellos que me dicen “jefe” piensen que soy capitalista por llevar corbata?  Menos quisquilloso será la reacción si me llamasen “maestro”, porque en tal sentido obro.  ¿Debo ser motivo de censura, si me llaman “licenciado” en un país latino, aunque la “B.A. (Hons.)” [Bachelor of Artes – Honoirs] canadiense que tengo nunca fue homologado en mi país de residencia?  ¿Me debo enojar que un mesero me diga “Doctor”?  ¡Acepto el trato gustosamente!  ¡Pero que no me llamen “jefe”!

¿Soy deshonesto por tal motivo?  Peor será discutir sobre tal nimiedad.  Que yo sepa, nadie (salvo algún transeúnte desconocido que verdaderamente me confundió con un doble mío), está confundido sobre mi estado real.

¿Me gustaría tener un doctorado? ¡Pues sí!  Pero los medios me escapen.  En tal sentido, se puede entender que el Sr. Scioli quiso tener un título.

El hecho se puede considerar desde 2 puntos de vista.  Uno, es el hecho de sus logros.  Fue secretario de deportes, de turismo,  vice-presidente de la su país, y fue el candidato presidencial de su partido contra el presidente Mauricio Macri.  Se podría decir que la acumulación de “títulos” tales cono “ex ministro” y “ex gobernador” es una hazaña en sí misma, y sólo los rudos despreciaron una persona que tuvo tales logros. Por supuesto, los medios sociales agitan, y muy fácilmente llegan insultos irrelevantes, que tampoco un título universitario podría obviar.

Ahora bien, su título es en comercialización.  Sus detractores dicen que es a base de estudios hecho demasiados años atrás, y por un proceso acelerado exageradamente. Veamos el otro lado del argumento.

Esto de los estudios hechos en los años 70 es débil por varios motivos.  Este tipo de título no se puede considerar como algo tan profundo como un doctorado en filosofía.  Es puramente comercial.  En los Estados Unidos, no se puede siquiera ser peluquero o plomero acreditado sin primero tomar una prueba dada por una institución que al mismo tiempo tiene un monopolio para esto, que cobra, y que no evalúa las capacidades que el oficio requiere.  Los candidatos tienen que mostrar conocimientos de lenguaje, aritmética, y lógica.  Y actualmente en los Estados Unidos, las universidades generan para sí mismas ganancias que dejan los graduados sin trabajo, y con una deuda que por ley, no se puede eliminar por declararse en quiebra.

Hace poco leímos un libro en inglés, The Lawyers, por Martin Mayer.  Explica que 1951, sólo 13 estados exigieron el título universitario para ser abogado, en 1963, 37 estados.  Y en una novela por Erle Stanley Gardner, para Perry Mason se surge la cuestión: ¿alguien que tuvo un viejo título médico y tuvo mala suerte con el paciente, por el hecho de no conocer las últimas prácticas, podría ser demandado?  En la historia, la respuesta fue “no!”, pero por Mayer, la respuesta será mucho más complicado.  De cualquier modo, hemos probado la arbitrariedad de la existencia de títulos por la existencia  de leyes que los hacen necesarias.  ¿Pero, fue necesaria la ley?

En este sentido, el Sr. Scioli, al lograr todo que hizo, mostró sus aptitudes de comercialización, al haber puesto en el mercado político a su propia persona.  Supo hacerlo, con conocimientos no caducos.  El título no necesitaba.  Pero lo merece.  No fue exactamente por honoris causa, pero no dista mucho.  Parece que las autoridades universitarias deben saber como tratar situaciones de tal índole.

Además de determinar bajo que condiciones se otorga un título, el hecho de que el Sr. Scioli estaba tomando una prueba en más o menos 40 minutos tampoco nos molesta.  El autor del presente una vez tuvo que rendir un examen en alemán.  El tiempo dado fue quizás 2 horas, quizás 90 minutos, no recuerde.  Igual, terminó en 40 minutos, más o menos, y estaba obligado de mantenerse en la aula por 20 minutos más.  El hecho es que ya  la materia fue parte de candidato para la prueba, no necesitaba reflexionar mucho tiempo, había tomado el curso sólo para perfeccionarse.  El largo tiempo es para aquellos que necesitan pensar mucho sobre cosas que no conocen instintivamente.

En los sentidos ya descrito, se puede defender al acusado.  Queda advertir a los estudiantes, además sobre el peligro de endeudarse, sobre la manera en que pueden tener éxito sin estudios.

En el Internet, se puede buscar los nombres de gente famosa que nunca tuvieron un título.  Muchos de estos son del ámbito de la computación: Gates, Jobs, y Zuckerberg. Buscábamos, casi en vano, un apellido española.  El fundador de Inditex, Amancio Ortega, de España, está en una lista.  ¡Claro, para lograr esto, hay que ser jefe!  En Alemania, a pesar de su conservadurismo hasta bajo los régimenes socialistas, ya hay políticos que no terminaron sus estudios.

Y otra vez, no nos engañamos con el valor de los títulos.  Dice el profesor Walter E. Williams en su artículo Dumb American Youth,  que en los Estados Unidos hoy en día, 44 % de los jóvenes entre 18 y 24 no son capaces de encontrar su ciudad capital en el mapa.  Solo 30% de los graduados saben interpretar la información en las etiquetas de los productos alimenticias.  ¡Seguro el Sr. Scioli excede las expectativas en preguntas de esta naturaleza! (Y por lo que dice el expatriado norteamericano autor Fred Reed en México, que confirmamos, según datos de la C.I.A., los argentinos tienen un mejor nivel de educación que los estadounidenses, que 98,1% de la población sabe leer y escribir.   Reed puso la estadista norteamericano a 86 %, que verificamos en otro sitio.)

Antes de conseguir mala fama por las guerras mundiales, parece que no hubo nada más difícil que conseguir un doctorado en Alemania.  Una semana de orales en frente de todas los profesores de cátedra – quizás más.  ¡Habrá que sudar!  Se puede imaginar que estos tipos no aguantaban sus inferiores.  Quedan resabios.  Un profesor de alemán en Canadá, siendo él mismo de la misma raza por descendencia, visitó la R.F. Alemania con su esposa, que fue criticada por llevar un vestido de “sirvienta” – por la naturaleza de la costura.  Y como en la vieja España, las esposas todavía, en algunos casos, exigen que la llaman “Señora doctora”, o lo que podría corresponder, por el título de marido.  Aunque no sirve para mucho, sigan familias notables con los títulos de sus ancestros insignes.

Conclusiones

Un título podría ser inútil – hay en los Estado Unidos gente con doctorados, para quien no existe trabajo que dignifique sus años de esfuerzo.  Los estudios que uno tiene muchas veces no valen en el mercado laboral.  ¡Perogrulladas, perdonen!

Abogamos por paz, buen clima, y al reconocimiento de la gente con idoneidad para sus oficios, que tengan un título servible, ad honorem, “inservible”, o no existente.

(November 11), 2016 © Paul Karl Moeller

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